Gael y Alexander, dos hermanos que fueron asesinados junto con su padre después de que hombres armados atacaran el automóvil en el que circulaban por el sector Los Ángeles, se convirtieron en símbolo de la niñez alcanzada por esta guerra: su asesinato, el 19 de enero de 2025, desató una marcha en Culiacán. Ambos fueron alumnos de la Escuela Primera Sócrates.
Para el director de este plantel, Víctor Manuel Aispuro Chaidez, sus muertes representan uno de los episodios más dolorosos que ha enfrentado la comunidad escolar. Después de aquel ataque, asegura, el miedo entre alumnos, maestros y padres de familia se intensificó.
“Porque viene el ataque salvaje a una familia de nuestra escuela, donde dos de nuestros pequeños, orgullo de nuestra escuela, niños muy capacitados, padres muy trabajadores son atacados y le destrozan la vida a una madre de familia, perdió a todos sus hijos y a su esposo”, relata.
Pero Gael y Alexander no fueron los únicos. A la lista de menores asesinados se fueron sumando: Monserrat, Carlos Felipe, Regina, Dana Sofía, Leidy, Alexa, Sergio, Fátima Guadalupe, Mizael y Grecia. Además, otras niñas y niños resultaron heridos.
Los nombres dejaron de ser solamente estadísticas. Detrás de cada uno había una familia, una escuela, compañeros y maestros obligados a continuar sus actividades mientras la violencia seguía ocurriendo afuera
La Escuela Primaria Sócrates tomó entonces una decisión que desafió a las autoridades educativas. Junto con los padres de familia, el plantel suspendió las clases presenciales debido a la violencia, aun sin contar con la aprobación de la Secretaría de Educación Pública y Cultura. La prioridad era dejar de exponer a los estudiantes.

Foto: Jesús Bustamante
La organización Mexicanos Primero Sinaloa logró documentar que en más de la mitad del ciclo escolar 2025-2026 hubo alguna interrupción de clases en Sinaloa. Su plataforma Días Sin Clases, presentada a inicios de septiembre, detalla que, en 105 de los 185 días del calendario escolar, al menos una escuela suspendió actividades escolares.
El dato no significa una suspensión generalizada en 105 días. Muestra que las interrupciones estuvieron presentes en más de la mitad de las jornadas previstas para clases en al menos una escuela de la entidad, explicó la directora general de Mexicanos Primero Sinaloa, Nuria González Elizalde.
Los principales motivos fueron: fallas en las condiciones institucionales y operativas del servicio educativo, por fenómenos naturales o condiciones extraordinarias externas al sistema educativo y por violencia directa o de riesgo derivado de contextos de inseguridad.
“La violencia y la inseguridad sumaron 111 eventos. Los más frecuentes fueron contextos de inseguridad que impidieron la asistencia, con 40 registros; ataques o amenazas directas contra docentes o personal, con 34; y balaceras o enfrentamientos, con 24”, detalló.
La Escuela Primaria Sócrates llegó a tener cerca de 800 alumnos. Para el nuevo ciclo escolar apenas recibió alrededor de 400. El miedo, el desplazamiento de familias y los problemas económicos provocados por la violencia podrían estar detrás de esta disminución.
Otro problema detectado en las aulas es el aumento en la demanda de atención psicológica. El mismo padecimiento de los jóvenes y adultos se hace presente en la niñez.
Víctor Manuel Aispuro Chaidez lo ha visto entre los alumnos de la escuela Sócrates. Hay niños que llegan al salón cargando preocupaciones provocadas por situaciones que ocurren fuera de la escuela, principalmente en sus hogares, y que terminan afectando su desempeño académico. Recuerda particularmente a uno.
“El caso de un niño que todo el pavor que tenía era porque a su papá en el trabajo le dio una camioneta más o menos nueva y él tenía miedo que mataran a su papá por quitarle la camioneta”, recuerda.

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Por esa razón, se interesó en formar parte de un grupo técnico que elaboró el Manual para hablar con niñas, niños y adolescentes sobre violencia y crimen organizado, publicado por The Global Initiative against Transnational Organized Crime (GI-TOC) a través de su Fondo Resiliencia: una guía práctica para trabajar con la niñez y la adolescencia en contextos afectados por la violencia, el miedo y otras afectaciones emocionales y psicosociales, como el que actualmente se vive en Sinaloa.
“No los podemos encapsular, tenemos que empezar a trabajar el tema desde casa, desde la familia, No sólo hay que hablarles de violencia, sino cómo se les habla de violencia”, insiste Aispuro Chaidez.
Para el director de la Escuela Primaria Sócrates, la estrategia para combatir a los delincuentes corresponde a las autoridades, pero en casa toca inculcar valores y educar no nada más de palabra, sino con el ejemplo.
“Que las futuras generaciones crezcan en un ambiente completamente distinto y que no tengamos que vivir lo que estamos viviendo en este momento”, explicó.
El manual aborda la violencia física, psicológica, simbólica, económica y sexual, y cómo cada una afecta el bienestar y el desarrollo de niñas, niños y adolescentes de manera diferente. Ofrece orientaciones para identificar riesgos, abrir conversaciones sin esperar a que ocurra una crisis y fortalecer los factores de protección ya presentes en familias y escuelas: desde personas adultas de confianza y relaciones positivas hasta espacios comunitarios seguros.
La niñez en medio de la violencia
Evitar que la delincuencia infantil y juvenil siga creciendo, manteniendo a los menores dentro de las escuelas: esa ha sido la apuesta de Malala Academia IAP desde hace más de una década. Su fórmula combina el reforzamiento escolar con la disciplina de las artes marciales.
Su metodología es simple: por cada hora de estudio dentro de la academia, los menores tienen la oportunidad de entrenar artes marciales, explica Harry Gallegos, uno de los administradores y procurador de fondos de la organización.
“De manera natural, con el juego, con el crecer, con el desarrollo de las cintas que ellos van obteniendo con el tiempo, van adquiriendo estas habilidades y estos valores: el respeto, la disciplina, la resiliencia se desarrollan más fácilmente con las artes marciales”, asegura.
Buscando un mayor impacto, la academia abrió una sede al sur de Culiacán, en un sector con altos índices de violencia que se han agudizado por la disputa entre Los Chapitos y Los Mayos.

Foto: Jesús Bustamante
Las estadísticas mostraban que gran parte de los adolescentes en conflicto con la ley penal, habían abandonado antes la escuela, por lo que instalarse en la colonia Buenos Aires obedeció a todo un análisis del contexto de la zona.
“Sabemos que hay fácil acceso a armas y a drogas en estas comunidades; justamente lo que nosotros queremos evitar es que un problema se junte con el otro. Es muy fácil que un niño que abandona la escuela se vea envuelto en otra serie de problemáticas que están alrededor de eso”, explica.
Pero el recrudecimiento de la violencia también los ha golpeado, sobre todo por la migración de familias enteras. De tener alrededor de 180 menores, la academia bajó a 60; hoy suma cerca de 150 y sigue en ascenso. Gallegos asegura que padres y madres prefieren tenerlos dentro de la academia que expuestos a los peligros de la calle.
Y es que las cifras no son alentadoras. La Fiscalía General del Estado registró la muerte violenta de 112 menores de edad entre septiembre de 2024 y agosto de 2026. Del total, 108 casos se clasificaron como homicidio doloso y 4 como feminicidio; las víctimas tenían entre 10 y 17 años.
Los primeros ataques y enfrentamientos cobraron la vida de 26 menores solo entre septiembre y diciembre de 2024. Otros 64 fueron asesinados durante 2025, y la cifra sumaba 22 hasta agosto de 2026.
A los datos de la FGE habría que sumar las muertes de Alexa y Leidy, las menores de 7 y 11 años asesinadas por elementos del Ejército Mexicano en la sierra del municipio de Badiraguato, en mayo de 2025. El caso fue atraído por la Fiscalía General de la República, pero las dos muertes tampoco llegaron al reporte de víctimas difundido por el Gabinete de Seguridad.
Otro caso atraído por la FGR fue la muerte de Jared, un menor de 16 años, entre las 11 personas abatidas que reportó la Marina en un operativo realizado en la sindicatura de El Salado, en marzo de 2026. Sumado a estos casos, la cifra asciende a 115 menores muertos.

Foto: Jesús Bustamante
En el conteo de víctimas realizado por Territorial, se registró que algunos de esos menores perdieron la vida de manera colateral, pero otros fueron atacados directamente por sicarios o los abandonaron sin vida en la vía pública, de maneras indescriptibles.
Para el presidente de Culiacán Participa IAP, Javier Llausás Magaña, la sociedad culiacanense mantiene una gran deuda con los jóvenes: muchos de ellos son reclutados para participar en un conflicto sin futuro y terminan siendo víctimas de toda esta violencia.
“Tenemos que pelear por nuestros jóvenes, tenemos que arrancárselos al crimen organizado y aprovechar que ahora ya se dieron cuenta de que el espejismo que les vendieron no era cierto”, aseguró.
Durante el primer año de la lucha interna en el Cártel de Sinaloa ya se habían contabilizado 16 menores detenidos, 14 hombres y 2 mujeres. Por solicitudes de acceso a la información se logró saber que al menos uno enfrenta cargos por homicidio y otro por feminicidio.
Llausás Magaña espera que la crisis se aproveche para construir una ciudad distinta a la que existía hace dos años, pues, sostiene, el Culiacán, de antes fue el que llevó a la ciudad hasta el punto en el que se encuentra ahora.
Sin embargo, advierte, no se debe esperar que un grupo termine venciendo, ni anhelar que sea el menos violento. La historia ha enseñado que cualquier facción usará la violencia cuando lo considere necesario, incluso contra la ciudadanía.
“Aunque una facción gane y sea menos violenta, ese no es el estado ideal. Nos hemos podido acostumbrar, pero no es correcto”, enfatizó.
Por ello, desde Culiacán Participa proponen comenzar a pensar en un programa de gobierno a futuro, donde los jóvenes puedan encontrar un sentido de pertenencia, ya sea en el deporte, en la música, en la ciencia, en su barrio o en la escuela. Porque si no lo encuentran ahí, lo buscarán en otras partes, y ese camino los puede llevar al crimen organizado.
Malala Academia puede ser un ejemplo de la ruta a seguir. En el seguimiento a los menores que acuden a estudiar y entrenar artes marciales en sus instalaciones, tienen certificado por consultorías externas que las niñas y los niños dedican hasta 45 minutos extra al deporte y pasan menos tiempo en la calle; enfrentan menos riesgo de consumo de drogas y se exponen menos a conductas peligrosas. Además, el 100 por ciento de sus alumnos ha concluido satisfactoriamente sus estudios.
Territorial ha contabilizado al menos 18 personas asesinadas en la colonia Buenos Aires, en el lugar donde se encuentra Malala Academia. Su estrategia busca la no deserción escolar y que ninguno de los menores del sector queden registrados en las estadísticas.
La mayoría de los asesores son voluntarios, prestadores de servicio social de alguna universidad. En lo deportivo, han logrado que más de 100 estudiantes alcancen el cinturón negro, y algunos de ellos regresan para enseñar a las nuevas generaciones.

Foto: Jesús Bustamante
De contar muertos a buscar salidas
A diferencia de otras disputas entre facciones criminales, la de Los Chapitos y Los Mayos se ha transmitido casi en tiempo real, llevando toda esa violencia hasta las casas y frente a cualquier persona con un celular.
Así lo considera el investigador universitario Tomás Guevara Martínez, al hacer un repaso de los impactos negativos de la violencia en los últimos dos años.
“El periodista ahora está en el lugar de los sucesos y va narrando, y uno puede ver la escena, la ambulancia, las fuerzas armadas y toda la gente. Uno puede imaginarse las cosas”, afirmó.
Sin embargo, para Jesús Verdugo, las transmisiones en vivo son una demanda de la ciudadanía por eso las integraron a las coberturas periodísticas. Las personas buscan informarse en tiempo real para lograr tomar decisiones y eso exige nuevas responsabilidades para quienes trabajan en los medios de comunicación: confirmar todos los datos de manera inmediata, para no contribuir a la desinformación.
Pero eso ha traído sus propias consecuencias. Verdugo revela que estar tan cerca, y por tanto tiempo, les pasa su propia factura. En ocasiones, no pueden estar en todas partes, pero la sociedad suele olvidar que los periodistas también son humanos, intentando sostener una vida paralela al trabajo.
“Nos dimos cuenta que no estamos preparados para esto. Muchos de nuestros compañeros empezaron a enfermar por sobrecarga de trabajo, sobrecarga emocional y estar expuestos a tanta violencia; a muchos nos llegó a fundir en algún momento y tuvimos que tomar un respiro de unos días”, detalló.
A las afectaciones psicológicas para quienes están en la primera línea y los que ven a la distancia, se suma el balance de daños que arroja una economía golpeada y una sociedad lastimada por la violencia, pero a dos años de distancia podría ser un buen momento para dejar de hablar solo del conflicto y enfocarse en la manera de salir de él, considera el investigador Tomás Guevara Martínez.
“La sociedad sinaloense tiene que empezar a meter en su crónica cotidiana el tema de la solución, porque hablar del problema, creo, es algo que hay que agotar: hay que pasar a la parte de la solución”, insiste.

Foto: Jesús Bustamante
Guevara Martínez asegura que otra lección aprendida es que no hace falta estar metido en el narco para sentir sus efectos, pues gran parte de la sociedad ha sufrido un homicidio, un robo, una desaparición, el cierre de un negocio o el trastorno de su vida cotidiana.
Para Guevara Martínez, quien por mucho tiempo observó el comportamiento de los grupos criminales a través del Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia, Sinaloa requiere una solución de largo plazo, que promueva una cultura de paz, y que aproveche que las personas han comenzado a cuestionar la existencia de los grupos delincuenciales, mientras otras dejaron de hacerles apología
“Es la ruta larga, es la ruta lenta, pero creo que puede tener resultados. La mayoría de la gente ya sabe hoy que el gran malestar de Sinaloa es la existencia del narcotráfico”, señaló.
Pero el cambio no es solo un problema de gobierno: Guevara asegura que se requiere un despertar social. Hace falta, dice, conocer la postura de la sociedad frente al crimen organizado y la manera en que se compromete para sanar y dejar atrás el camino de la violencia.

Foto: Jesús Bustamante
Culiacán sale a recuperar las calles
Las balas le arrebataron la vida a Juan Alejandro. Se convirtió en una de las víctimas de un ataque registrado en el fraccionamiento Alturas del Sur, la noche del 5 de septiembre de 2026, en Culiacán.
Días después, en medio del dolor, su familia salió a las calles. Se unió a una marcha por la paz convocada para rechazar públicamente dos años de violencia en Sinaloa. Entre la multitud avanzaba una manta con la fotografía del pequeño y una frase que resumía sus motivos: “Hoy caminamos por ti”.
Alejandra, madre del menor, marchó para que la memoria de su hijo no sea olvidada, pero también para hacer frente a las versiones que circularon después del ataque y que, asegura, intentaron desacreditar a su familia como víctima.
“Somos una familia muy humilde, pero dijeron que mi esposo había contestado las balas, pero mi esposo no estaba ahí. Yo soy la que estuvo ahí, pudo haberme tocado porque no estaba muy lejos de mi hijo, pudo haberme tocado y mi historia hubiera sido diferente”, expresó.
Sin conocerlo, la muerte de Juan Alejandro también llevó a Abigail a dejar atrás sus propios miedos y sumarse a la marcha realizada el domingo 13 de septiembre. Salió para acompañar a las familias golpeadas por una violencia que ella también conoce de cerca: perdió a su hermano y uno de sus nietos estuvo a punto de morir durante el ataque a una vivienda en Alturas del Sur. Su hija y el recién nacido quedaron atrapados en los departamentos.
“Un nieto estuvo a punto de morir por la violencia, quemaron unos departamentos abajo; tenía 16 días de nacido”, relató.
Miles de personas acudieron a la marcha. Algunas cargaban sus propias historias de pérdida; otras caminaron conmovidas por el dolor ajeno. Fotografías, mantas y consignas se mezclaron entre quienes decidieron tomar las calles como una muestra de solidaridad con las víctimas y de rechazo a la violencia.
“Vengo por mis hijas, por mis nietos, por esa mamá que está esperando con una silla vacía, por esos hijos que están desaparecidos, por esas madres que han muerto al salir a trabajar y no han regresado, vengo por un Sinaloa sin esa gente, estamos hartos aquí”, expresó Evelia.
Pero marchar por las calles no significa que el miedo haya desaparecido. Salir de casa para realizar las actividades cotidianas continúa siendo motivo de preocupación para algunos habitantes. La incertidumbre constante desgasta los ánimos y obliga a convivir con una sensación de riesgo que antes no formaba parte de la rutina.
“Te la tienes que rifar, es como la lotería, es una rifa”, dice Carlos, quien confiesa que todavía siente miedo al imaginar que, cualquier día, podría convertirse en parte de las estadísticas.

Foto: Jesús Bustamante
El hartazgo quedó reflejado en la marcha y, de otra manera, también en los festejos por el Grito de Independencia en 2026. Culiacán no había tenido una celebración masiva de este tipo desde 2023, pues en 2024 y 2025 el Grito se redujo a un acto protocolario sin público, y el regreso de las familias a la explanada de Palacio de Gobierno mostró el intento de una parte de la población por recuperar los espacios públicos.
La explanada no estaba llena. Las calles aledañas tampoco. Algunos puestos de comida lucían con pocos clientes. Sin embargo, la concentración de elementos de distintas corporaciones de seguridad hizo que algunos asistentes percibieran el lugar como seguro y aprovecharan la noche como una oportunidad para distraerse, convivir y romper, aunque fuera por unas horas, con una rutina marcada por la violencia.
“La gente ya estamos cansadas de tanta violencia que tenemos y esta es la única forma que tenemos un poquito de paz y de olvidarnos un poco de la violencia”, expresó Fernando, uno de los asistentes.
Salir de la rutina y despejarse con la familia fue también la respuesta de otros asistentes a la noche mexicana. Para algunos, los artistas eran lo de menos: habrían acudido con cualquier otro elenco. Lo importante era encontrar unas horas de diversión y volver a compartir un espacio público.
“Pensé que iba a ver más gente como en años anteriores, pero lamentablemente la situación no cambia”, reconoció Luis Alberto, atraído por la curiosidad.

Foto: Jesús Bustamante
Para la gobernadora interina Graciela Domínguez Nava, que las personas hayan decidido vencer el miedo y acudir a la celebración representa un avance, independientemente del número de asistentes. Aseguró que las autoridades trabajan para recuperar la confianza de la ciudadanía y generar condiciones que permitan volver a ocupar calles, plazas y otros espacios públicos.
Para los comerciantes, en cambio, la noche no fue como esperaban. Algunos reportaron pocas ventas. Kathia se instaló frente a uno de los accesos principales y, aun así, terminó la jornada con buena parte de su mercancía.
Como otros vendedores que dependen de la realización de eventos y de la asistencia de personas, espera que las autoridades organicen más conciertos y actividades públicas. Los últimos dos años, cuenta, han sido difíciles incluso para obtener los ingresos necesarios para cubrir las necesidades básicas.
Durante dos años, la violencia ha modificado horarios, rutinas y formas de habitar Culiacán. El miedo vació calles, redujo encuentros y llevó a muchas familias a resguardarse más temprano. Ahora, marchas y celebraciones muestran a una ciudadanía que intenta arrebatarle a la delincuencia los espacios públicos y recuperar lo que la violencia le fue quitando poco a poco, aunque el miedo no haya terminado por completo.
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Esta investigación periodística fue desarrollada en colaboración con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), a través del Fondo Resiliencia y el Observatorio para América del Norte. Su contenido fue producido de manera independiente y no refleja necesariamente las opiniones o posiciones de GI-TOC, del Fondo Resiliencia ni del Observatorio para América del Norte.

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