Hace unas semanas escribí sobre los nueve círculos del infierno que se han presentado y que hemos vivido en Culiacán. Pero Dante no escribió solamente sobre el Infierno. También escribió sobre el Purgatorio y la posibilidad de salir de él.
En La Divina Comedia, el Purgatorio es una montaña. A diferencia del Infierno, nadie está condenado a permanecer ahí. Las almas ascienden. Cada terraza representa un defecto humano que debe corregirse antes de alcanzar la cima. No se trata de un castigo. Se trata de una transformación. Ninguna sociedad cambia si primero no cambia aquello que la compone y la corrompe.
Ya es tiempo de hablar de quienes, todos los días deciden empujar esta ciudad un poco hacia arriba.
El purgatorio de Culiacán ya existe
El Purgatorio de Dante no tiene nueve niveles, tiene siete. Siete terrazas, una por cada raíz del pecado, ordenadas no por castigo sino por purga. La cifra cambia a propósito. Descender no exige virtud; cualquiera cae. Ascender sí la exige. El camino hacia arriba es más exigente.
En Culiacán también existen esas siete terrazas. No aparecen en discursos oficiales, pero, ocasionalmente sí en conferencias de prensa independientes. No tienen presupuestos suficientes. Viven en personas y organizaciones que decidieron hacer algo mientras los demás se quedan resignados o atemorizados.
Primera terraza. El limbo responde con una pala, y está en las manos de las madres buscadoras, como María Isabel Cruz Bernal quien fundó Sabuesos Guerreras en el 2017, tras la desaparición de su hijo Yosimar. Empezaron siendo nueve mujeres. Hoy son más de cien, y salen desde las 7 de la mañana con picos y varillas para leer la tierra mucho antes que las instituciones decidan hacerlo. El infierno impone la espera eterna. Pero ellas lo sobrepasan por sus hijos y familiares, todos los días.
Segunda terraza. Ante el feminicidio, se responde con el nombre que no se deja borrar. Sinaloa cerró 2025 con 73 feminicidios, y al día de hoy, contamos con la tasa más alta del país. Colectivo de mujeres como No Se Metan Con Nuestras Hijas, documentan y alzan la voz para mostrar la realidad que vivimos las mujeres en Culiacan y en Sinaloa, principalmente por las que ya no están. El infierno convierte a una mujer asesinada en una estadística. Ellas insisten en devolverle nombre, historia, justicia, dignidad.
Tercera terraza. La infancia rota responde con un director que no se quedó callado. Gael, de 12 años, y Alexander, de 9, fueron asesinados junto a su padre en enero de 2025. Víctor Manuel Aispuro, director de su escuela primaria, la Sócrates, alzó la voz y señaló la omisión del gobierno estatal. Después de 4 meses de iniciada la narcoguerra, la sociedad culichi se unió. El infierno deja un aula con pupitres vacíos. Esta terraza se niega a que sus nombres se disolvieran en el olvido.
Cuarta terraza. Al miedo que se hereda se le responde recuperando los espacios y oportunidades que la violencia intenta arrebatar. Instituciones de Asistencia Privada como Parques Alegres y Suma Sociedad Unida, junto con decenas de ciudadanos, siguen convencidas de que un parque rehabilitado, una calle intervenida con mensajes de esperanza o una colonia organizada pueden cambiar el destino de toda una comunidad. La misma lógica impulsa a Cáritas con su programa Después de la Escuela, que ofrece actividades vespertinas a niñas y niños en situación de vulnerabilidad para alejarlos de la deserción escolar y acercarlos a nuevas oportunidades. El miedo dice: no salgas, no participes, no insistas. Ellos responden ocupando los espacios, fortaleciendo a la comunidad y recordándonos que una ciudad también se defiende habitándola.
Quinta terraza. A la opacidad se le responde exigiendo saber. Desde hace años, organizaciones como Iniciativa Sinaloa, Observatorio Ciudadano de Mazatlán y decenas de colectivos ciudadanos han convertido la transparencia, el acceso a la información y la rendición de cuentas en una forma de participación cívica. Han documentado corrupción, vigilado el uso de los recursos públicos, impulsado gobiernos abiertos y recordado, una y otra vez, que el poder debe ser observado, no obedecido ciegamente. Porque una democracia no se sostiene con discursos, sino con ciudadanos que preguntan, verifican y exigen respuestas. El infierno necesita silencio; esta terraza vive de preguntas. Una democracia sin verdad termina convertida en propaganda.
Sexta terraza. A la economía del miedo se le responde apostando por la legalidad. Mientras la violencia ahuyenta inversiones, cierra negocios y obliga a muchas familias a replantear su futuro, hay empresarios que deciden permanecer. Organizaciones como COPARMEX Sinaloa, liderada por Martha Reyes, y el Consejo Sinaloense de Empresarios han documentado el impacto económico de la crisis de seguridad, defendiendo el empleo, la inversión y el desarrollo como condiciones indispensables para reconstruir el estado. Empresarios como Luis Osuna continúan invirtiendo en turismo, educación y generación de empleos cuando marcharse sería una decisión comprensible. Porque también hay una forma de resistir que no lleva uniforme ni reflectores: abrir una empresa, sostener una nómina y seguir creyendo que Sinaloa merece futuro. El infierno vive de la destrucción; esta terraza insiste en construir.
Séptima terraza. Al abandono se le responde haciéndose cargo. Hay ciudadanos que entendieron que la solidaridad también puede convertirse en una forma de acción pública cuando las instituciones no llegan. Desde 2016, Hortensia López Gaxiola sostiene el Colectivo Tarahumara Sinaloense, que lleva alimento y mantiene comedores escolares para comunidades rarámuris de la sierra, de esas comunidades a las que nadie llega. A través de colectas y rifas, Hortensia nos demuestra que la voluntad puede recorrer caminos donde el Estado lleva décadas ausente.
La misma convicción mueve a ciudadanos como Miguel Taniyama y a muchas otras personas que decidieron transformar la indignación en organización. Porque protestar es necesario, pero construir también lo es. Hay quienes dedican un día a señalar el problema, desde la comodidad de las redes sociales; ellos han dedicado años a convertirse en parte de la solución.
Quizá esa sea la última lección del Purgatorio. Ninguna de estas personas esperó a que alguien les diera permiso para actuar. Dejaron de preguntarse quién debía resolver el problema y empezaron a preguntarse qué podían hacer ellos. El infierno necesita espectadores. El Purgatorio comienza cuando aparecen ciudadanos dispuestos a hacerse cargo. Se sube cargando algo — el miedo, el cansancio, la pérdida de un hijo o un alumno— y se asciende a pesar de cargarlo.
Y en la cima de la montaña, donde Dante encontró el Edén, no el Cielo: el lugar donde la humanidad recuperaba lo que había perdido. Quizá eso sea lo primero que Culiacán necesita. No un paraíso perfecto, sino recuperar una ciudad donde vivir sin miedo vuelva a ser algo cotidiano. A partir de ahí podremos construir un nuevo presente y un mejor futuro.
Siempre existe un camino hacia arriba. Solo hace falta decidir comenzar a caminar.

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