En Culiacán es visible un mayor despliegue de elementos y equipo de la las secretarías de Defensa Nacional y la de Marina, en continuidad del esfuerzo de pacificacion, sin embargo, la actividad criminal prosigue en sentido opuesto generando miedo y desesperanza.
La violencia se manifiesta con el mismo comportamiento de cinco homicidios dolosos en promedio cada día, así como hechos de alto impacto, privaciones ilegales de la libertad y afectaciones al patrimonio familiar con robo de vehículos, incendios en domicilios y ataques a empresas desde pequeñas a grandes.
Lo nuevo ahora es que el escándalo político detonado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, al presentar cargos contra funcionarios de Sinaloa en activo o en situación de ex, tiende una cortina de humo que propicia que la ciudadanía pase a segundo término la crisis de la seguridad pública y las víctimas de ésta.
Algunas voces proceden a criticar la excesiva presencia militar e inclusive descalificarlas como factor de protección ciudadana, sin realizar el cálculo de cómo estaríamos sin tales operativos, dejándole libre la ciudad y el estado a organizaciones criminales que pese a la cantidad de fuerzas armadas continúan con los ajustes de cuentas al interior del Cártel de Sinaloa.
El tema de la narcopolítica inducido por Estados Unidos no tiene por qué ser el distractor de lo fundamental que es el anhelo de paz verdadera y duradera en todo y para todos. Si como sociedad nos dispersamos por el ruido y la politización que le quita atención a la narcoguerra, le estaríamos creando a la delincuencia condiciones para seguir con la barbarie de nunca acabar.

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