Beatriz Valdés Castillo tenía 16 años cuando escuchó por primera vez sobre el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE). No sabía qué era. Tampoco sabía cómo iba a pagar los papeles que le pedían. Lo único que tenía claro era que necesitaba salir adelante ella y su familia.

Desde niña había aprendido a trabajar. Vendía pan y nopales, ayudaba en lo que podía para sostenerse junto a su mamá y sus hermanos. Por eso cuando le dijeron que podía ser educadora comunitaria, no lo pensó demasiado, aunque no entendiera bien de qué se trataba. Fue a pedir informes con nervios, callada, sintiendo que no pertenecía a ese lugar.

Pidió dinero prestado en su casa para sacar sus documentos. Le dijeron que sí, pero con duda. A los pocos días ya estaba en capacitación y, en menos de un mes, en una comunidad que no conocía, sin saber bien ni cómo llegar. Tenía 16 años y ya era maestra.

La primera reunión con padres de familia la recuerda como un momento de pura tensión. No sabía cómo hablarles, no sabía cómo dirigir una escuela, no sabía si iba a poder sostener lo que había aceptado. Pero los padres hicieron algo que ella no esperaba: la arroparon y le dieron confianza.

Le ofrecieron quedarse en sus casas.

Se organizaban entre ellos para ver quién la recibía cada semana. Beatriz no tenía un lugar fijo donde dormir. Vivía rotando entre familias, mientras durante el día intentaba enseñar.

Así terminó su primer ciclo escolar con seis meses dando clases, aprendiendo sobre la marcha, sosteniéndose en la comunidad que la había adoptado.

Después la cambiaron. En Los Mimbres, el maestro se había ido y dejó a más de 24 niños sin clases. No había reemplazo. No había estructura. Solo un grupo completo esperando a alguien.

Beatriz aceptó.

Venía de trabajar con cinco o seis estudiantes. De pronto tenía enfrente a niños de todos los niveles: primero, segundo, tercero, hasta sexto. No había separación por grados, no había materiales suficientes, no había guía clara.

¿Cómo le voy a hacer? – recuerda que pensaba.

No lo sabía. Pero lo hizo.

Se quedó dos años. Incluso embarazada. Caminaba hasta dos horas para llegar, bajo el sol, cruzando veredas. A veces dejaba a su hija encargada, a veces se la llevaba.

Lo más difícil era caminar -dice-, no la inseguridad.

Hoy, nueve años después, sigue ahí. Gana 5 mil pesos al mes. Eso le paga el CONAFE. Con eso sostiene su vida, sus hijos y, en parte, su vocación.

Hace poco logró comprarse una motocicleta. Antes caminaba todo el trayecto. Ahora hace unos 30 minutos. Dice que se cayó varias veces aprendiendo, pero ya no se detuvo.

En la escuela hay 24 niños entre preescolar, primaria y secundaria. Hay un comedor. Pero no hay comida suficiente. El último apoyo fue una despensa hace meses. Desde entonces, lo que llega es poco.

Los niños llegan sin desayunar. Algunos sin comer. Se sientan en clase y esperan.

Las familias migran a los campos agrícolas. Los niños se van con ellas. Cuando regresan, hay que empezar otra vez. Las niñas se casan jóvenes. Durante años ni siquiera hubo secundaria.

Ahora hay tres estudiantes. Toman clases en un espacio levantado con palos y lámina. Antes lo hacían bajo el sol.

Todo lo que hay se ha hecho así: con organización y entre todos.

Las piedras pintadas en el camino, los arreglos del terreno, los pequeños cambios visibles en el entorno son parte de proyectos comunitarios donde Beatriz se une a madres y padres de familia para impulsarlos. No se trata solo de la escuela, sino de sostener una red que permita que los niños permanezcan.

En ese contexto, Beatriz insiste en algo que parece pequeño, pero no lo es y podría ser un parteaguas: que una adolescente de 15 años no abandone la secundaria. Quiere que termine. Quiere que después se forme como educadora comunitaria.

Que ella se quede -dice- y que después enseñe aquí mismo.

Porque en Los Mimbres nadie ha salido a estudiar fuera.

Nadie.

Beatriz tiene dos hijos. Y sigue estudiando, pagando con lo que gana, avanzando por partes. No ha sido suficiente para terminar, pero insiste en lograrlo, es su próxima meta.

Aun así, no se fue y no quiere hacerlo.

Se quedó en una comunidad donde los apoyos no llegan de forma constante, donde el empleo obliga a migrar, donde la escuela depende más de la voluntad que de una estructura institucional.

Se quedó enseñando, ahora desde el nivel de educación inicial y con un aula que fue construida tras exigencias y gestiones.

En Los Mimbres, la educación no está garantizada.

Se sostiene.

Y Beatriz es parte de ese sostén.

 

MÁS NOTAS SOBRE DERECHOS HUMANOS: