Mazatlán, Sinaloa.- Esta gente reunida en el teatro de la UAS está acostumbrada a ver cómo el acero y el cemento brotan de la tierra. Y cuando baja la mirada lo hacen para ajustar costos, corregir planos o inclinarse sobre maquetas diminutas donde caben edificios de papel con cochecitos en los estacionamientos.
Estas mentes y estas manos trazan las manchas urbanas. De aquí salen las líneas invisibles que luego se vuelven avenidas, puentes, hoteles, malecones y torres verticales reflejadas en el Pacífico. De estos afanes toma forma el país. De aquí se expanden sus halos inmobiliarios y sus nuevos horizontes de concreto.
Aquí, literalmente, se construye México.
Son ingenieros civiles. Hombres y mujeres llegados del norte, del sur, del occidente y del centro del país. Es la élite nacional de la ingeniería. La crema y nata de la construcción mexicana.
LA FEMCIC
Está por iniciar la apertura de la edición 52 de la Reunión Nacional de la Federación Mexicana de Colegios de Ingenieros Civiles (Femcic). En uno de los costados del teatro, la banda de guerra rompe el murmullo con el estruendo de los tambores. Comienzan los honores a la bandera.
La escena parece sencilla, aunque debajo de ella gravitan toneladas de concreto construidas a lo largo del país: una mesa de presídium al centro con nueve personajes. Las butacas ocupadas por decenas de ingenieros (esperan 600 asistentes a las actividades del programa formal).
En los pasillos y dentro del teatro cuelgan los estandartes de cada región como banderas de campaña.
Adentro queda únicamente el lenguaje de la ingeniería. Aquí todos entienden de mecánica de suelos, de fatiga estructural, de programas de obra y cargas vivas. Cualquiera puede sostener una conversación sobre escorrentía, momento flector, pilotes o curvas de nivel con la misma naturalidad con la que otros hablan del clima o los Venados.
El que no sepa de compactación, de costo-beneficio o de cimentaciones profundas probablemente no tendría nada que hacer en este recinto. ¿Quién de todos ellos (100, 150 quizás) no ha escuchado hablar de carga muerta, de gemelos digitales o de smart cities? Un simple mortal los oiría discutir estos conceptos y sentiría que asiste a su primera clase de latín técnico.
QUÉ DEJAMOS CONSTRUIDO
Pero Jesús Antonio Espinoza Sanabria, presidente del Colegio de Ingenieros Civiles de Mazatlán, ha preparado un discurso despojado de tecnicismos. Es el anfitrión. Se levanta, camina hacia el micrófono y mira al auditorio con la serenidad de quien sabe que una sola frase puede pesar más que una losa de concreto.
Hoy sus palabras no buscan presumir cifras ni alturas. Buscan provocar reflexión. Marcar, quizás, una advertencia.
“Mazatlán nos recibe con 20 kilómetros de costa y con una pregunta que flota en el aire: ¿Qué estamos dejando construido para las próximas generaciones?”
Dice que el puerto tiene actualmente más torres en construcción que todas las levantadas durante los últimos 30 años. Parece una exageración, pero es de los pocos acreditados para decirlo. Y basta salir y recorrer el malecón para entenderlo. Hay grúas inmóviles como jirafas de acero, pilotes enterrándose frente al mar, esqueletos verticales creciendo piso por piso sobre una franja costera cada vez más estrecha.
Proyectos que empezaron a construirse hace tres años y hoy apenas están solicitando el estudio de impacto ambiental.
También recuerda que no es casualidad que esta reunión nacional se celebre aquí, frente al Océano Pacífico, para discutir precisamente infraestructura costera. En una ciudad que durante la última década pasó de 400 mil a más de 500 mil habitantes y cuyo boom vertical ya modificó para siempre la línea del horizonte.
LA ADVERTENCIA
Mazatlán está creciendo hacia arriba, dice y parece un pleonasmo.
Y entonces añade una idea sobre la responsabilidad de su profesión y sus colegas: cada losa que se eleva 15, 20 o 30 niveles frente al mar lleva el nombre de un ingeniero civil, aunque no aparezca en la placa de inauguración. Lleva también su responsabilidad.
“Cómo construimos en vertical cuando el mar, el viento, la sal, no perdonan. Cómo hacemos infraestructura que dure 50 años cuando el nivel del mar, la erosión y los huracanes categoría 4 ya no son proyección, son noticia cada temporada”.
El discurso sigue sonando ceremonial, pero con cierto tono de una alerta técnica. Espinoza Sanabria habla de calidad y de materiales sin nombrarles. Habla de la responsabilidad detrás de cada proyecto que hoy se vende como promesa de lujo frente al océano. Habla de estructuras y obras que inevitablemente serán examinadas por el tiempo y por la naturaleza.
El mar, la erosión y los huracanes terminará auditándolo todo.
Su sentencia llega seca y precisa:
“La ingeniería no se mide con renders bonitos, se mide en años de servicio sin fallas”.
En el fondo, lo que plantea no es solamente un debate sobre edificios altos, sino de permanencia ante la sal y la erosión. Sobre cuánto resistirá este nuevo Mazatlán cuando el Pacífico cobre factura. Porque el concreto también envejece, el acero se fatiga y la sal trabaja silenciosamente como un ácido paciente sobre cada varilla enterrada sobre la costa.
DICTAMEN
Habrá que esperar siete u ocho años, quizás más, para medir el alcance real de sus palabras. Para saber si las torres que hoy se levantan como símbolos de prosperidad soportarán los vientos y las marejadas que ya anuncian los nuevos tiempos climáticos.
Muchos de estos ingenieros volverán a sus ciudades costeras. Regresarán a sus planos, a sus cálculos y a sus obras negras. Seguirán ganándole altura al suelo, piso sobre piso, sin perderle nunca el respeto al mar.
Y en Mazatlán las cientos de torres siguen creciendo frente al Pacífico a la velocidad del dinero y del turismo. Los ingenieros desafían la gravedad y negocian todos los días con el viento y la sal. Aquí a veces parece que el horizonte ya no lo dibuja el mar, sino las grúas y el concreto y los miles de hombres que no le temen a las alturas.
Las torres seguirán subiendo. Pero será el mar quien tenga la última palabra. El verdadero dictamen no vendrá de un render inmobiliario, lo impondrá la intemperie. Entonces se sabrá cuáles edificios fueron negocio y cuáles fueron ingeniería.

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