Por Marcela Turati | Thelma Gómez Durán | Eliezer Budasoff | Quinto Elemento Lab
Mientras estaba cautivo, Andrés miraba y trataba de retener información sobre su entorno, porque recordaba un cuento que había leído hacía muchos años en la revista Selecciones. El protagonista era un esclavo negro, amarrado con un grillete a otro esclavo, forzado a trabajar en la construcción de unas vías de tren en el siglo XIX.
“Y él empezó a idear su escape, a ver los movimientos de los guardias. Cada cuánto se rotaban, cada cuánto los dejaban descansar y en qué momento los dejaban escapar”, cuenta Andrés ahora, una tarde de junio de 2021, después de cumplir su turno como carnicero del supermercado en un municipio fronterizo, en el límite con Arizona. “Él veía todo eso. No comía todo su alimento. Empezaba a hacer almacén, poco a poquito, para escapar. De todo eso me acordaba”.
Tal vez por eso, porque se la pasaba mirando lo que ocurría a su alrededor y pensando en cómo ganarse la confianza de los vigilantes, cómo conseguir más alimento, cómo escapar, Andrés describe detalles de su cautiverio en la Sierra Tarahumara que permiten dimensionar la operación en la que había quedado atrapado y lo que era: un sistema pensado para reducir al máximo los costos en la recolección de goma de opio, la tala de cerros, la cosecha de marihuana y otras tareas agrícolas de producción, sostenido con escuadrones de personas secuestradas y obligadas a trabajar para grupos locales del narcotráfico hasta el límite de sus fuerzas.
Andrés fue uno de los 21 rescatados a mediados de julio de 2019, durante el operativo realizado por la fiscalía estatal de Chihuahua. Todavía recuerda el momento en que los familiares de los sobrevivientes fueron a buscarlos a Ciudad Cuauhtémoc, unos días después del rescate. “Me tocó ver a dos que iban conmigo que, cuando los entregaron, pues no, como chavalitos: llore y llore con sus familias. Yo decía: qué loco, si ya está grande”. El papá de Andrés, en cambio, parecía enojado cuando fue a buscarlo. “Como si yo hubiera hecho algo malo”, dice. Su padre se acercó, lo saludó, y le hizo una sola pregunta:
—Dime la verdad, loco. ¿Hay problemas? ¿Nos puede pasar algo?
—No pues quién sabe.
—Dime la neta si nos puede pasar algo, para irnos rápido y no estar esperando camión…
Andrés le dijo que no sabía, y así se fueron los dos a tomar el camión para su pueblo, incómodos y nerviosos, volteando a ver por encima del hombro a cada rato, mientras su padre le preguntaba si podían matarlos y él le pedía que se callara. Así es como lo recuerda.
Dos años después de aquel momento, cuando pudimos entrevistarlo, trataba de retomar su vida pero todavía seguía volteando a mirar a los lados. Cada cierto tiempo cambiaba de casa y de pueblo, y cuando iba a visitar a sus hijos llegaba por la noche —“como bandido, como si debiera algo”— y se volvía a ir al amanecer. “Lamentablemente, así es como llevo mi seguridad”. Después de su liberación vivía con miedo a que lo detuvieran por algún motivo y saliera a flote su pasado reciente. Que apareciera un reporte con su nombre, asociado a un grupo de hombres hallados en los campos del narco. Esa tarde nos dijo que, cada vez que podía, tomaba sus cosas y se iba a un sitio nuevo. A veces pensaba que hubiera sido mejor que no lo liberaran. “Hubiera preferido escaparme que quedar ahí con el reporte. O quedarme ahí y haberme ido después”. Tampoco sabe si su plan habría funcionado. Lo que sí sabe es que ahora, en todo caso, su vida sería distinta. “Si no me hubieran rescatado, ahorita sería una persona normal, como alguna otra que no tiene nada que ver”. Los meses que mantuvimos contacto con él, antes y después de la entrevista, reflejaban esa inestabilidad. Andrés llamaba desde alguna carretera, fuera de Chihuahua. Después, desaparecía por completo, aparecía de pronto en Acapulco, otro día en Ciudad de México, y volvía a desaparecer. La tarde que grabamos su testimonio —aceptó la entrevista con la condición de que protegiéramos su identidad— tenía 30 años. En enero de 2019, cuando lo secuestraron, tenía 28.
Andrés pasó siete meses esclavizado en la Sierra Tarahumara. Es el único de los rescatados que atribuye una responsabilidad a la policía en su testimonio sobre cómo se lo llevaron. En su declaración ante la fiscalía, su historia empieza como muchas otras: estaba tomando un refresco afuera de un Oxxo, en Chihuahua, enfrente de una pequeña terminal de autobuses, haciendo tiempo para tomar el camión a su pueblo. Un carro blanco se estacionó delante de él y el hombre que iba de copiloto —ropa ranchera, complexión robusta, bigote, dice la declaración— lo mandó a llamar. Le preguntó si sabía colocar postes, le ofreció un trabajo cerca de ciudad Cuauhtémoc y le dijo si no quería ir a ver qué onda. Me voy a ahorrar los 100 pesos del camión, pensó Andrés. Y aceptó. Entonces subió a la parte de atrás y se acomodó junto a otros hombres. Todos creían que iban a colocar postes.
Según su declaración ante el Ministerio Público, todavía no habían salido de Chihuahua cuando los detuvo la policía: “Los agentes vestían en azul marino y los vehículos traían el rótulo de policía estatal”. Los hicieron bajar, les preguntaron si iban bebiendo, qué llevaban, cómo se llamaban… Hasta que el hombre de bigote se acercó a un oficial y le habló. “Ese volvió por otro oficial y les dijo que se fueran todos a la chingada. Y vimos cuando le estaba dando dinero al policía que los corrió a todos”. Es un pasaje extraño en su primera declaración. Una denuncia solapada dentro de otra denuncia: si la policía hubiera hecho su trabajo en ese momento, ellos podrían haberse salvado de todo lo que les pasó.
En realidad, nos dijo Andrés esa tarde frente a la grabadora, la participación de la policía había sido aún peor: de acuerdo con su relato no oficial, que no figura en los documentos judiciales, fueron los mismo policías quienes lo interceptaron afuera de la central de autobuses y se lo llevaron con la excusa de averiguar sus antecedentes. Pero lo que hicieron fue taparle la cabeza, golpearlo y entregarlo a los reclutadores de esclavos. Andrés explica que cuando testificó, después del rescate, en la fiscalía no le dejaron mantener esa versión: la persona que estaba a cargo de reunir los testimonios leyó su declaración y les dijo que no a sus ayudantes. Esa no la podemos poner. Y les pidió que la rompieran. En la versión que figura hoy en el expediente, la policía solo recibió un soborno.
Para Andrés daba un poco lo mismo cómo lo habían atrapado. A diferencia del hombre amarrado con grilletes del texto de la revista Selecciones, dice, él sabía que lo suyo no era un asunto de raza ni de clase. “A mí no me esclavizaron por ser negro, por blanco, por pobre, por rico. A mí me esclavizaron por suerte, corrupción y avaricia. Mi mala suerte de estar en el lugar equivocado”.
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“Estar en el lugar equivocado” no es una expresión vacía, sobre todo cuando se habita en los márgenes geográficos y económicos de la sociedad mexicana. Andrés cuenta que en los campos conoció a adolescentes esclavizados a los que habían agarrado en Chihuahua cuando estaban drogados. “Les ofrecían ayudarles, que les iban a dar trabajo y les iban a guardar dinero para cuando estuvieran grandes y se los llevaban”. Recuerda también que una vez llegó al campo un adolescente rarámuri con su mochila de la escuela, con sus útiles. Los encargados de secuestrar gente lo habían encontrado pidiendo aventón cuando iba a estudiar a uno de los poblados cercanos y se lo llevaron. La mala suerte, en las historias de las víctimas, aumenta de forma proporcional a su nivel de desamparo y marginalidad.
Un agente de la fiscalía especializada en derechos humanos de Chihuahua, Paulo César Collazo Cordero, describe el método de reclutamiento de forma sencilla: “Aprovecharse de la vulnerabilidad de las personas y a base de eso, someterlos. Menores, pueblos originarios, personas con problemas de discapacidad, adictos”. Y, como tierra fértil de todo eso, la pobreza extrema: “Gente que quiere ganar dinero para poderse salir de Guachochi e irse a otro lugar, porque si te quedas ahí estás condenado. Los adolescentes o los rarámuris buscando qué llevarse a la boca, porque no hay nada. Literal”.
Guachochi es un municipio de la Sierra Tarahumara donde la mitad de los habitantes son rarámuris, la mayoría con un grado de marginación muy alto. Collazo lleva un caso de unas 15 personas que fueron levantadas con engaños en esa población y terminaron esclavizadas en los mismos campos donde estuvo Andrés, solo que en 2022. Es decir: tres años después de que la fiscalía estatal llevara a cabo el operativo en el que encontraron a 21 personas, los campos de trabajo forzado seguían funcionando.

Personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua Zona Occidente señala la zona donde se encontraron a los 21 hombres que fueron rescatados en el operativo de julio de 2019. Foto: Marcela Turati.
“Deben de existir todavía, no lo dudo”, dice Collazo. Cuando hablamos con él, a mediados de 2024, ya habían pasado cinco años del rescate. “Lo que pasa es que la geografía del propio sector donde están establecidos no permite siquiera llegar a ellos. Son personas muy conocedoras de la sierra, de las localidades en donde ponen ese tipo de campamentos. Hay toda una logística”. Y hay otra logística para llevar las víctimas, “para subir la gente, transportarla y que nadie se dé cuenta”. Tal como han descrito casi todos los que sobrevivieron o investigaron estos casos, la operación de captación se monta sobre una cultura de trabajo temporal que existe desde hace décadas en distintos lugares del Estado, lo que hace verosímil la oferta que les hacen. En algunos casos, usan adelantos para convencerlos. “Les daban hasta mil pesos para que generara confianza. Incluso les decía: Vete a tu casa, déjales el dinero y aquí te espero. La gente sí aceptaba y se subía con ellos”, explica el agente del Ministerio Público. Así pasó con Hipólito, que estuvo entre los 21 rescatados en el operativo de 2019. Una mañana salió a buscar trabajo para comprar “unos simples pañales y un bote de leche” y se topó con ellos. “Ese día me dieron mil pesos para ir a poner ese cerco. Fue todo lo que saqué de todos esos siete meses: mil pesos. Y perdí la familia, perdí todo. Ahora simplemente me las vivo en la oscuridad”. Así lo resumió la noche de 2021 que dimos con él, en la misma zona de Chihuahua donde lo habían enganchado junto a otros cuatro vecinos.
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Si bien el enganche de personas podía ocurrir en un rango bastante amplio de distancia y de temporalidad, las diferencias en los testimonios de las víctimas se reducen a medida que se adentran en la sierra. Algunos mencionan que en el camino pasaron por San Juanito, un poblado en la Sierra Madre Occidental donde abundan los aserraderos, y tiene incluso una estación del tren turístico El Chepe. Muchos recuerdan que la última comunidad que vieron se llamaba Yoquivo.
Andrés recuerda que la camioneta avanzó durante un tiempo más, casi sin parar. Percibió cuando entraron a un camino de terracería. Después se detuvieron: los vehículos ya no podían seguir. Ahí, donde los bajaron, los esperaban hombres armados. Andrés volteó para orinar y echó un vistazo alrededor. “Solo veía puros cerros y árboles”. Desde ese punto caminaron hacia el interior de la sierra varias horas (los testimonios hablan de cuatro a ocho, según el sitio adonde los llevaran). Antes de llegar a lo que parecía una especie de campo base ya se olía a leña quemada, recuerda Andrés, y se alcanzaba a ver un río, que casi todos los sobrevivientes mencionan como referencia geográfica. El lugar al que los llevaron era como una cueva grande, una abertura natural en la montaña, formada por las rocas. “Ahí tenían unas placas de fierro, donde estaban cocinando. Tenían una barra de piedra con cemento. Tenían un cuarto de almacén, donde había alimentos y perros”. Ya anochecía. Algunos de los que iban con Andrés se pusieron detrás de la barra y los sacaron a patadas. La comida no era para ellos.

Paisaje de la Sierra Tarahumara, entre los municipios de Bocoyna y Ocampo. 2021. Foto: Raúl F. Pérez Lira

En los campamentos siembra de amapola y marihuana, en el municipio de Ocampo, se improvisaron sitios para resguardar los fertilizantes y la leña. Foto: Especial

Los hombres eran obligados a realizar diversas tareas, una de ellas talar los árboles y preparar la madera que serviría de leña. Foto: Especial
“Al ratito, por donde bajamos nosotros, empezaron a bajar un chorro de personas. Eran hileras de 50 en 50 más o menos”. Andrés describe un puñado de grupos en una especie de comedor rudimentario, como en una prisión al aire libre, donde les repartían un plato y una cuchara, y pasaban por la barra para recibir un poco de comida y un par de tortillas. Cuando echaron a los de su grupo, empezaron a entender. “Les dijeron: Estos ni le chingan y ya quieren comer. La comida es para quienes ya le chingaron. Ahí ya supimos que se trataba de trabajar”. Al otro día, cuando los mandaron a buscar cobijas para dormir en el suelo, fueron más claros. Andrés recuerda que caminaron tres horas por la sierra hasta que llegaron a otras cuevas, pero cavadas en la tierra. “Eran cuevitas chiquitas, como de unos cuatro metros. Estaban cubiertas de hojarasca. Adentro tenían cobijas nuevas envueltas en hule negro y amarrado”. Entonces les explicaron para qué estaban allí, por si todavía no lo habían entendido: No se asusten, chavalones, no tengan miedo. No los vamos a matar. Ustedes nada más vienen a chingarle. Si le chingan no va a haber golpe, no va a haber nada. Se la van a pasar muy bonito.
—¿Alguno reclamó en ese momento, alguno preguntó?
—¿De nosotros? Pues sí. Hubo varios que, más que preguntar, dijeron que no iban a hacer nada. Y pues ya los demás vimos que no era que quisieras…
—¿Qué les hicieron?
—Al que se puso más brusco, al primero, lo amarraron. Y lo golpearon. Lo dejaron todo el día y toda la noche. Amarrado en un árbol. Al otro, no podían con él, porque estaba macizo. Estaba fuerte. No podían con él y lo agarraron a leñazos y lo aventaron al río. Lo amarraron y lo aventaron un rato al río. Lo aventaban y luego lo sacaban. Lo aventaban y lo sacaban. Estaba muy frío el clima. Y, con el agua del río, pues mucho más. Y lo tuvieron amarrado todo el día y toda la noche. Al día siguiente lo soltaron. Y al que dejaron amarrado, no quiso seguir trabajando. Dijo que nel, que él no iba a trabajar. Y pues también, al agua. Así decían: ‘pa’l agua’. Y pues pa’l agua. Y ya se resignó. Y lo peor del caso es que ya estaba todo golpeado y así tuvo que empezar a trabajar también.
En total, el grupo de Andrés estaba formado por 34 personas. Un día después, cuenta, llegaron otros 60. No recuerda que hubiera un patrón claro del tipo de gente que llevaban. “Les pagaban por persona, no por clase”. Entre los recién llegados “iban personas que se veían que eran adictas, personas que se veía que iban de viaje; iban personas indígenas; iban… pues iban de todo tipo de personas”. Y, entre ellos, algunos que parecían completamente ajenos a ese mundo. “No tanto por su vestimenta, sino por su modo de actuar”. Gente que miraba la tierra bajo sus pies y se les podía adivinar una pregunta en el rostro, dice Andrés: dónde estoy. “Personas que no están acostumbradas a sufrir nada, ni a dormir en el piso, y menos a estar ahí”. No les costaba transformarlos en esclavos, porque el instinto de supervivencia es elocuente. “Ahí les decían claramente: No batalles, güey. El que no quiera trabajar, dale una chinga. Y ponlo a trabajar. Y si no quiere dale otra chinga y otra chinga. Y, si de plano no entiende, mátalo”.
—¿Viste que mataran a alguien?
—Vi que murió uno, porque cuando íbamos a trabajar, cargábamos los garrafones de agua. Y algunos eran garrafones grandes, de 60 litros. Y estaban pesados. De subida, nadie los quería llevar. Estaban muy pesados y luego, a veces, los caminos eran estrechos. En la subida, había puro voladero de un lado; y de otro lado, el risco. No cabía uno bien. Se iba uno raspando el brazo. Y si te lo ponías del otro lado, te jalaba para el voladero. Y uno ahí se puso a discutir. Dijo que ni madres, que no iba a cargar el agua. Y bajó el garrafón y se fue hasta el arroyo. Y llegó uno de los encargados, lo golpeó en la cara, le puso un patadón y lo aventó para el arroyo. Más adelante del arroyo había un lugar donde se juntaban varias aguas y hacía como un remolino. Ahí lo vimos, hasta que se ahogó. No podía salir, no podía salir. Y se ahogó. Y ahí lo dejamos. Nada más nos bajaron por el garrafón.
***
Andrés no sabe cómo se llamaba el hombre que vio morir ahogado. Estaba recién llegado. “Y, la verdad, en ese entonces a mí no me importaba nadie de los demás. A mí me importaba mi persona. En ese momento yo no era de que ‘somos muchos y nos unimos y les ganamos’. No, yo en ese momento estaba nada más observando en qué lugar estaba, en qué situación estaba y cómo podía salir de ahí. Yo vi que por la fuerza no se podía. Y en unión, tampoco, porque muchos ya estaban… ya su mente no ambicionaba salir. Lo único que querían era que les dieran un poquito más de alimento”.
O una dosis más, según lo que utilizaran para someter a las personas. Primero, la amenaza de golpes, castigos y muerte. Después, la promesa de más drogas o de una tortilla más, un pan, una soda. Es fácil romper la resistencia de una persona hambrienta, explica Andrés. “Cuando eres orgulloso dices: no voy a andar rogándoles por un taco. No voy a decirles: dame una tortilla”. Pero eso solo es al principio, “porque va uno bien alimentado”. Al poco tiempo, los guardias los hacían bailar por algo más de comida. Los hacían cantar. Aviéntate una rolita y te damos otra tortilla. Los vigilantes consumían cosas que para los cautivos se habían vuelto lujos, aunque fueran cotidianas. Pan, por ejemplo. “Tú ves un pan dulce y recuerdas a qué sabe un pan dulce, la textura de un pan dulce, y ves que alguien se lo está comiendo y, aunque no quieras, se te antoja”. A veces usaban la comida como represalia: para castigar a uno del escuadrón, les quitaban una tortilla a todos. Eso desataba violencia entre ellos. En su declaración judicial se puede leer esta frase: “Había una regla: si te decían que golpearas a tu compañero, lo tenías que golpear, porque si no lo hacías nos golpeaban a los dos”.
La palabra “escuadrón” es la que usa Andrés en la entrevista. Primero eran equipos. “El equipo de tal, el equipo de tal. Al último ya nos decían escuadrones. Que el escuadrón de tal, el escuadrón de fulano”. Cuando le pedimos que recuerde como era una jornada habitual, Andrés describe la rutina de una vida embrutecedora, miserable, la misma que llena de resentimiento el relato de todos los sobrevivientes. Los sacaban de las cuevas a las 4:30, los hacían contarse, los formaban en grupos de a 30. Los bajaban al arroyo, les dejaban ir al baño, los metían adentro de la sierra. “Caminábamos hasta el campo donde trabajábamos y, desde que llegábamos, dóblense, dóblense, a trabajar. Ya como a las 10 de la mañana, hablaban por los radios: ey, ya está la comida, que se vengan tantos escuadrones”. Volvían, se formaban, recibían algo de sopa, algo de frijol, cuatro tortillas. Menos, si es que estaban castigados. “Comíamos en unos cinco, diez minutos, y sobres, nos empezábamos a formar y luego ya empezábamos a llenar los galones”. Mientras los últimos terminaban de comer, los otros llenaban garrafones de agua o de ‘loco’, la mezcla de harina de maíz con agua y azúcar que a veces les daban para que resistieran hasta la noche sin desfallecer. Y entonces volvían a los campos a trabajar hasta que caía el sol, los hacían contarse nuevamente, caminaban hasta el campamento base y los metían otra vez en las cuevas.
El agotamiento físico y la violencia eran la norma, pero lo que terminaban de romper la dignidad de cada uno podían ser cosas cotidianas, pequeñas, humillaciones que los despojaban de un último refugio de humanidad. Para algunos era eso: no poder ir al baño sin que los vigilaran. O que los hicieran orinar en un balde de 20 litros en la cueva donde comían y dormían. Andrés llegó a andar descalzo y a usar un pantalón con una pierna, pero lo que más le hacía sentir la inhumanidad era no poder bañarse. “No nos daban oportunidad de bañarnos, no nos daban permiso. Un baño te hace sentir bien como persona, te quita todo el cansancio, la fatiga. Y estar cerca del agua todos los días y no poder bañarte…”. A veces, cuando los usaban de burros de carga y tenían que llevar durante horas garrafones de 60 litros o bolsas de fertilizantes o cualquier otro bulto a través de desfiladeros, Andrés pensaba: “Mejor me arrojo, a la chingada, está más fácil morirme aquí, ya, ahorita que no estoy tan jodido, que morirme al rato más jodido”.
—¿Suicidarse?
—Pues no suicidarse. No lo veía uno como un suicidio, sino como un desahogo, como liberarte. Una forma más fácil de liberarte.
Los días que los usaban para cargar solían empezar más tarde, dice Andrés, a las 5:30 o las 6 de la mañana, pero podían llegar a volver a las 2 o las 3 de la madrugada con los últimos bultos. El tramo más corto que hacían era de seis horas de caminata a través de la sierra. Y seis de vuelta. El tramo más largo era de ocho. Ocho y ocho. En los meses que estuvo cautivo le tocó arreglar caminos. Le tocó desmontar. Deshijar plantas. Juntar goma de opio de campos de amapola. “Un día rayar, otro día juntar la goma”. Después arrancar las matas. “Acomodarlas primero para que se secaran y luego después quemarlas”. Le tocó montar un nuevo campamento. “Cambiar las hornillas, las planchas, las cobijas”. Le tocó cultivar y prensar marihuana, porque lo mandaron prestado a otro campo. Llegó a conocer cinco.
Vivió en tres de ellos. Un par de veces, como tenía experiencia de carnicero, los encargados le hicieron destazar vacas para comérselas. Le dejaban llevarse una bolsa con restos de carne. A veces, él mismo le ofrecía a los guardias quedarse despierto cuidando de los demás, para ganarse su confianza. Andrés juntaba comida, hacía favores y esperaba.

Mapa de la zona de campamentos. El dibujo lo realizó Andrés, uno de los 21 hombres rescatados en 2019.
Dice que su forma de mantenerse entero en esa situación fue escapar dentro de su cabeza, tratar de tomar distancia. “Pensaba, pues, que yo era más listo. Ellos ya me veían como un ave de corral y yo tenía algo que ellos no podían saber: lo que yo pensaba”. Andrés recuerda que, cinco días antes del operativo en que los rescataron, los encargados del campo andaban más atentos y más armados. “Traían el rifle, varios cargadores y granadas”. Decían que esos días había habido una “matazón” en uno de los campos. Que habían asesinado a todos, a los encargados y a los trabajadores. Parecían a la espera de algo. El día que llegaron los agentes escuchó un disparo, vio correr a todos y creyó que iba a morir. “Yo pensé: nos van a ejecutar”. Cuando todo se aclaró, lo quisieron mandar a buscar a otros hombres, porque uno de los rescatados dijo que él conocía otros campos. Andrés se negó. Recrea la discusión con ellos.
—Ve por ellos.
—No, pues vamos.
—No, ve tú, aquí te esperamos. ¿Tienes miedo o qué?
—Pues si ustedes que traen armas nada más están volteando pa arriba, bien paniqueados, a poco yo no tengo miedo.
—No pues haz algo, ayúdalos. Ve por ellos.
— No, la verdad es que yo solo no voy pa ningún lado.
Andrés no fue y los policías tampoco. Un agente dijo que iban a regresar. No lo hicieron. Dos años más tarde, cuando le preguntamos por qué había aceptado darnos una entrevista, Andrés nos explica que después de volver mucha gente no le creía. Dijo que había leído críticas contra ellos: eso les pasa por andar de vagos. “Yo les digo a esas personas que piensen antes de hablar, porque sales de tu casa confiado, vas a tu trabajo, a tu escuela, y no sabes si de repente te toca esa situación. Puedes tener la suerte de que te rescaten, puedes tener la suerte de que te mueras ahí. Yo decidí dar esta entrevista, aceptarla, porque no va a cambiar esto. En México tenemos esclavitud sexual, trata de blancas, tenemos esclavitud laboral y no es de ahorita, es de hace muchos años”. Andrés sabe, dice que él sabe que sus palabras no van a cambiar las cosas, pero que puede ayudar a que la gente no se olvide de que pasan estas cosas. “Puede ser tu hermano, un tío, tu madre, tu hermana, tu prima. Eso de que en boca callada no entran moscas, la verdad es que pasan muchas cosas por nuestra culpa, porque uno se queda callado”.
A mediados de 2024 se hizo un juicio en contra de un acusado por el delito agravado de trata de personas en su modalidad de trabajo forzado, ejercido en contra de 24 hombres: los tres aparecidos en entronque Las Estrellas, y los 21 que fueron rescatados en el operativo una semana después. Solo tres de las víctimas acudieron a declarar contra la única persona que estuvo procesada por el caso. Andrés fue uno de ellos.
Espera la cuarta parte de la serie “Esclavos en la Sierra Tarahumara” en este medio.
Para leer o escuchar en audio la investigación completa “Esclavos en la Sierra Tarahumara” completa, visita el sitio web interactivo en www.quintoelab.org/esclavos/ o en www.adondevanlosdesaparecidos.org

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