Concordia, Sin.- En una zona donde el crimen organizado mantiene una fuerte interacción con la comunidad, y donde incluso el paisaje montañoso conserva rastros de ataques con drones y explosivos, entre ceniza y troncos calcinados dispersos sobre el terreno agreste. La violencia también alcanzó a los servicios médicos. Su presencia en las clínicas locales fueron suspendida y, desde agosto, quedó sustituida por brigadas civiles de salud. Sin embargo, noviembre fue el último mes en que estas brigadas lograron subir a la sierra, dejándola nuevamente en el abandono institucional.

“A pesar de que estuvimos más de cuatro meses exigiendo, paralelamente a la visibilización de la problemática y del trabajo que hicimos en territorio, pedimos que las instituciones respondieran o brindaran alternativas y no se logró nada.

No logramos que las instituciones voltearan a ver a estas comunidades; no logramos que ningún nivel de gobierno ofreciera una alternativa. Eso deja vacíos, pero también nos quedamos con otra verdad: sí cambiamos vidas, sí tocamos vidas”, dijo Rita Tirado, integrante de Periferias Subversivxs.

Durante cuatro meses, el Colectivo Transfeminista Periferias Subversivxs atendió las necesidades médicas de tres comunidades del sur de Sinaloa: La Petaca, Chirimoyos y Cuatantal, hermanas de la misma sierra que colinda con Durango. Con consultas generales, ginecología, odontología y salud mental, el colectivo ofreció acompañamiento mensual a poblaciones que llevaban más de un año sin atención gubernamental.

“Vivimos en el infierno en el mismo paraíso”

La zona, habitada en su mayoría por adultos mayores y menores, depende de trasladarse hasta Concordia, una hora por autopista y pagando caseta, para atender una urgencia o recibir una consulta. Por motivos de seguridad, nadie utiliza la carretera libre.

El último apoyo estatal que recuerdan los pobladores fue en abril, cuando personal presuntamente del DIF entregó medicamentos sin ofrecer consultas ni revisiones básicas. Desde entonces, no han recibido ninguna intervención municipal o estatal.

Aunque no se logró que el gobierno asumiera responsabilidad, la brigada Donde arde florece dejó avances concretos.

“A lo mejor no logramos cambiar nada de raíz, pero sí plantamos una semillita que en algún futuro puede llegar a germinar.” dijo Tirado.

Entre esos logros están el acceso a atención médica, medicamentos y artículos de higiene menstrual, insumos prácticamente inaccesibles para estas comunidades.

En el segundo mes, enfocado en atención ginecológica, se atendió a 20 mujeres, una cifra que, según la médica rural Mariela Reyes, equivale a dos o tres meses de trabajo en zonas rurales. En esa jornada se detectó una lesión cervical a tiempo en una paciente, quien fue canalizada al Hospital General de Mazatlán.

Además, la comunidad enfrenta un fuerte estrés postraumático colectivo derivado del desplazamiento y la presencia histórica de grupos delictivos, una carga que también ha moldeado los anhelos y temores de la infancia local.

“Cuando le preguntabas a los niños qué querían ser de grandes, la respuesta era militar o narcotraficante. Esa era la respuesta de todos. Y ahora, cuando estuve preguntando de nuevo, en especial a un niño que antes decía que quería ser militar, ahora dijo que veterinario”, recordó Rita.

La tierra de Chirimoyos siempre está acompañada por una vista única: nubes que cobijan la sierra a cierta hora del medio día. Altos encinos, característicos de la Sierra Madre Occidental. Durante las noches, el cielo se llena de estrellas que no existen en la ciudad. Un paraíso visual y natural que las autoridades municipales solo recuerdan por eso, olvidando todo lo que la comunidad carece hasta lo más básico. Terminadas las brigadas, la sierra vuelve a quedarse sola.

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